Tirso de Molina fue el primer dramaturgo en elaborar el tema nacional de Don Juan, figura típica del barroco español: El ansia nunca satisfecha de goces sensuales. El romanticismo vio en esta figura la encarnación del rebelde contra las normas morales sociales; Zorrilla hará la versión romántica en el siglo XIX. En la literatura universal, después de Tirso, fue usado el tema numerosas veces: Don Juan romántico de Zorrilla, el Don Juan moderno de Valle Inclán en sus Sonatas, el Don Juan de Molière (1665), el de Mozart, el de Goldoni, Byron, Lenau, Lenormand, Show, Max Frisch. Todas estas versiones diferentes del tema: Don Juan como conquistador, como seductor, Don Juan voluptuoso y sensual, símbolo de lo masculino, símbolo de la feminidad masculina, “el hombre que no saborea”, el cínico, ateo, pecador, canalla brutal, buscador de ideales a lo Fausto, latente homosexual, etc.
Según Youssef Saad, el Don Juan de España es una figura auténticamente española, pero tiene muchas semejanzas con una figura árabe, Imru al-Qays, quien vivió en Arabia durante el quinto siglo: Como Don Juan, era un burlador y un seductor famoso de mujeres; como el don Juan de Zorrilla, fue rechazado por su padre por sus burlas y también desafió abiertamente a la ira divina.
Según Víctor Said Armesto, las raíces literarias de Don Juan se pueden encontrar en los romances gallegos y leoneses medievales. Su precursor típicamente llevaba el nombre de “Don Galán” y este hombre también trata de engañar y seducir a las mujeres, pero tiene una actitud más piadosa hacia Dios.
Ninguno de los donjuanes feudales ha conseguido pasar a la historia como Don Juan de Tirso. Don Juan está ahí como categoría universal junto al Quijote de Cervantes, el Hamlet de Shakespeare y el Segismundo de Calderón o el Edipo de Sófocles. El tema de Don Juan de Tirso quedó sin agotar, pues la literatura universal se ocupó de él. Siguieron tratando el tema: Molière, Zamora, Mozart, Byron, Lenau, Shaw, Valle-Inclán, etc. hasta la última versión, la de Max Frisch (Don Juan o el amor a la geometría).
Se suelen considerar antecedentes de la versión de Don Juan de Tirso los pecadores arrepentidos de El rufián de Cervantes, La fianza satisfecha de Lope de Vega yEl esclavo del demonio de Mira de Amescua. Como posibles modelos históricos se han ido teniendo siempre al sevillano Miguel de Mañara, aunque parece probado que nación después de compuesto El burlador de Sevilla, o el famoso Juan de Tassis (o Tarsis) y Peralta, II Conde de Villamediana (1582-1622), poeta español adscrito al culteranismo y famoso por su talante agresivo, temerario y mujeriego, con una reputación de libertino, dandy, amante del lujo, de las piedras preciosas, los naipes y los caballos.
No es casualidad que el personaje de Don Juan saliera de una parábola bíblica y de cuatro comedias hagiográficas. De ahí la ejemplaridad moral del drama de Don Juan. Anteriores al Don Juan de Tirso son los caballeros libertinos, los Comendadores de Fuenteovejuna o Peribáñez de Lope de Vega, verdaderos donjuanes feudales, y sus derivaciones del donjuanismo castrense, como los capitanes de El Alcalde de Zalamea. Pero mientras los donjuanes anteriores a Tirso atropellan hembras con su brutalidad feudal y abusan de su poder, el Tenorio de Tirso es un “caballero” apuesto y cortesano, que encubre sus perfidias con elegante y refinada aristocracia, sabe dar atractivo a su persona para seducir sin usar la violencia, se presente con su carácter de arriesgado valor que no retrocede ante poderes humanos ni divinos, y rinde culto al honor siempre y cuando se trata del propio, naturalmente: “Sevilla a veces me llama el Burlador, y el mayor gusto que en mí puede haber es burlar una mujer y dejarla sin honor”.
Cuando la estatua del Comendador, asesinado por Don Juan, le pregunta si cumplirá su promesa de acudir al segundo convite, Don Juan responde: “Honor tengo y la palabra cumplo porque caballero soy”. El cinismo y la petulancia espectacular forman parte de su persona; aunque arropados con la elegancia necesaria para hacerlos atractivos.
Tras esta acuñación del personaje de Don Juan Tenorio, El Burlador de Sevilla por Tirso de Molina (1583-1648), se dan varias imitaciones del mito:
Molière: Dom Juan ou le festin de pierre (1665), cuyo Don Juan no solo roza los límites de la más cínica arrogancia, sino que también nos muestra un Don Juan con un gran escepticismo religioso.
Antonio de Zamora (1660-1728): No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague y convidado de piedra (1714 ó 1722).
Wolfgang Amadeus Mozart en su ópera Don Giovanni (libreto de Lorenzo Da Ponte [Praga, 1787]), Lord Byron (Don Juan [1818-1824) y George Bernard Shaw (Man and Superman [1903]) en Inglaterra.
El Burlador de Tirso pasó inmediatamente a Italia, donde se difundió enseguida en diversas versiones. Luego pasó a Francia de la mano de Molière y Corneille. En Italia lo refundió Carlo Goldoni (1707-1793) con su Don Juan o el castigo del libertino (Don Giovanni Tenorio ossia Il Disoluto [1736]), tras la nueva versión española de Antonio de Zamora (1665-1728) en su No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague o convidado de piedra (1714 ó 1722).
El siglo XIX, con el romanticismo, cambió el tratamiento del personaje. Hasta ese momento don Juan siempre acaba castigado por sus pecados en el infierno; el romanticismo, que se sentía atraído por personajes rebeldes y amantes de la libertad, se sintió fascinado por esta figura, analiza su satanismo y teoriza sobre si el seductor, que encarna el mal, se siente culpable o no, y si puede salvarse. El Romanticismo vio en Don Juan el símbolo del rebelde contra las convenciones, el rebelde individualista. En esta época se multiplicaron las versiones: Hoffmann, Merimée, Dumas, Pushkin, lord Byron – cada uno lo interpretó con su propia sensibilidad y mentalidad.
En el romanticismo se dio un nuevo rumbo al mito; unas veces se une al tipo primitivo y otras a la expresión de la vivencia personal a creadores que en su vida tuvieron mucho que ver con él. Como el Don Juan de Byron, y del protagonista de El estudiante de Salamanca, de Espronceda. Y en relación con los primitivos están la versión de Zorrilla, Don Juan Tenorio, y las francesas de Merimée y A. Dumas. Aunque el Don Juan romántico pierde con respecto al primitivo ya que a veces llega a mostrarse como un simple juguete del destino y hasta se enamora sinceramente, dejando de ser el mito eterno del cínico seductor que fácilmente olvidaba para volver a seducir.
Lord Byron compuso entre 1819 y 1824 el poema Don Juan en tono brusco y desenfado. Prosper Mérimée lo presenta con dos personalidades encontradas en Las almas del purgatorio o los dos don Juan (1834)
José Zorrilla, en su Don Juan Tenorio (1844), la versión romántica del tema de Don Juan, despojó a éste de su grave lección moral, destruyendo la finalidad perseguida por su creador Tirso de Molina. La idealización del seductor eterno e irresistible, ídolo de un panteísmo erótico, es ajena a la intención de Tirso. Si Don Juan no fuera católico creyente, su rebeldía contra los poderes sobrenaturales perdería su grandeza; si fuera un vulgar libertino, su figura perdería todo su esplendor legendario. La figura del Burlador va preformándose en la mente de Tiros en cuatro momentos capitales: el duque de Calabria de La ninfa del cielo, los dos galanes de Santa Juana y el pródigo Liberio de Tanto es lo de más como lo de menos, y el Comendador de La dama del Olivar.
La versión romántica de Zorrila, su Don Juan Tenorio (1844) fue la más afortunada en España y la que todavía se sigue representando todos los años a primeros de noviembre. A diferencia de Tirso, Zorrilla transforma al personaje fanfarrón incrédulo en un héroe simpático que acaba en brazos de su amada – aunque sea en la otra vida. El amor de una mujer lo salva.
El siglo XX siguió analizando al personaje por medio de cocienzudos ensayos como los de Gregorio Marañón, Américo Castro o Ramón Menéndez Pidal, y retomando el tema literario y presentándolo como un provinciano, –los hermanos Machado con Don Juan de Mañara– o como un chulo de barrio, Ramón Pérez de Ayala enTigre Juan. Incluso el cine lo ha presentado como un hombre atrapado por el destino cuya condena es vivir, en Don Juan de los infiernos de Gonzalo Suárez.
La figura de Don Juan suscitó siempre diferentes versiones e interpretaciones: la tradicional interpretación de Don Juan como prototipo de virilidad ha entrado en el siglo XX en crisis con las diferentes interpretaciones que los médicos y los siquiatras han dado del tipo de Don Juan. Sobre todo, las teorías de Sigmund Freud (1856-1939) sobre la homosexualidad latente en muchos hombres cambió totalmente la imagen tradicional de Don Juan como prototipo de la virilidad. La generación de 1898 se ocupó del tema (Miguel de Unamuno, Ramón Pérez de Ayala, el internista y ensayista Gregorio Marañón, el filósofo y ensayista José Ortega y Gasset).
Entre Ortega y Marañón se entabló una polémica sobre la figura de Don Juan: Ortega defendía la interpretación tradicional de Don Juan como prototipo de la virilidad o del “calavera” español. Marañón veía en Don Juan, desde el punto de vista médico, al hombre que tiene dificultades emocionales en el trato con las mujeres y es incapaz de establecer una relación personal con ellas, un hombre que teme cualquier “ligazón” a una mujer. Para Marañón Don Juan es un bisexual o un homosexual latente (que no ha salido aún del armario), tal vez llevado por la escenografía que nos pinta a un Don Juan barbilampiño, con cara de adolescente indiferenciado, bello como una jovencita.
Una interesante interpretación moderna de la figura de Don Juan es la obra del dramaturgo y novelista suizo Max Rudolf Frisch (1911-1991) en su comedia-parodiaDon Juan o el amor a la geometría (1952) en la que reinterpreta el mito de Don Juan. Frisch empezó a interesarse por el tema a sugerencia del dramaturgo alemán Bertolt Brecht (1898-1956), siguiendo uno de sus temas preferidos, la relación entre identidad e imagen.
Argumento: Don Juan es un intelectual cínico para quien las mujeres no dejan de ser algo anecdótico en su vida. Su único interés es científico: ama por encima de todo la “geometría masculina”; su distracción, el ajedrez. Pero su fama de mujeriego le impide dedicarse a su pasión, pues las mujeres, de las que huye como de la peste, no dejan de perseguirle, lo acosan, y consiguen conquistarlo (al revés de lo que le sucede al Don Juan de Tirso). Los maridos se ofuscan, malinterpretan lo que está sucediendo y le retan. Y van muriendo uno tras otro, duelo tras duelo. Para poder gozar de la necesaria tranquilidad, tiene que escenificar su muerte. Así que escenifica su descenso a los infiernos. Así, si las mujeres le creen muerto, lo dejarán en paz y tendrá la tranquilidad suficiente para centrarse en sus estudios y su pasión por la geometría. Al final es encerrado en un palacio por una de sus admiradoras (una antigua prostituta) y concluye sus días resignado al lado de su esposa Miranda y de sus hijos. Don Juan acepta la paternidad, cosa imposible tanto en el Don Juan de Tirso como en el de Zorrilla, y con ello alcanza cierta madurez como hombre.
En el último acto de esta tragicomedia vemos a Don Juan ante una mesa cubierta para dos personas. Don Juan riñe al mayordomo porque lo avisó demasiado pronto para comer. Llega el obispo y Don Juan sigue maldiciendo porque no lo han llamado puntualmente para comer. Se siente como un cautivo en este palacio, pero no quiere volver a su vida anterior. Se ha enamorado en la duquesa de Ronda, que no es otra que la antigua prostituta Miranda. Entra la duquesa en el comedor cuando el obispo está contando que se acaba de estrenar en Sevilla el descenso de Don Juan a los infiernos. Se va el obispo y Don Juan y su mujer se sientan a la mesa. Como quien no quiere la cosa, la duquesa comenta que está esperando un hijo.



No hay comentarios:
Publicar un comentario